viernes, 7 de agosto de 2009

Con la cabeza manchada

Como en una mala sinfonía, la melodía va “in crescendo”, incorporándose cada vez más instrumentos en coordinación imperfecta los unos con los otros, estorbándose e incomodándose, pero a la vez, contrariando e irritando a los asistentes. Así se amontonan las ideas en mi cabeza.

(…En cada conversación,
cada beso, cada abrazo,
se impone siempre un pedazo de temor…)

Alguien entre el público grita, y entonces sabes que no va a volver a la próxima función.

(…Vamos viviendo,
viendo las horas, que van muriendo,
las viejas discusiones, se van perdiendo…)

Entonces es cuando se produce ese milagro –macabro- pero milagro al fin y al cabo, por el cual se desprende del pensamiento común la voz de una persona que es capaz de redirigir la furia que todos sienten hacia la música y grita: A por el músico.

(…A todo dices que sí,
a nada digo que no,
para poder construir,
la tremenda armonía,
que pone viejos, los corazones…)

Y por fin el éxtasis, un buen final para cualquier sinfonía. Un amasijo de brazos y piernas, cabezas, dientes y lenguas, mezclándose sobre el escenario, como sirviendo de velo al espectáculo mayor que se ofrecía debajo de todo aquello: Los ojos tremendamente hinchados y rojos del público, expuestos a la animalización, clavados a menos de diez centímetros del alma de los músicos, arañándolos, destrozándolos a puñetazos. Se oyen disparos, las tripas de los artistas encadenan los tobillos de sus asesinos. Parece no importarles.

(…El tiempo pasa,
nos vamos poniendo viejos,
el amor no lo reflejo, como ayer…)

Al final sólo quedan cadáveres, ideas rotas por la influencia de otros, influenciados a su vez por otros, y así sucesivamente. Arrastrándose por el suelo brillante de sangre (propia y ajena), media persona trata de de llegar a su viejo saxofón. Lentamente. La muerte no tiene prisa. En el trayecto va hablando, con la burla continua del eco de la sala: “¿Qué culpa tiene el músico?”. Y a su espalda una voz: “Esta contrariedad, esta irritación, no es culpa de la música. Es culpa tuya, joder”.

(…Porque años atrás,
tomar tu mano,
robarte un beso,
sin forzar un momento,
formaban parte de una verdad…)

Un tipo por fuera del auditorio oye los gritos, y es testigo del posterior silencio. Enciende otro cigarro y sigue tocando. Alguien pasa y le echa una moneda. Tiene sangre en la memoria y miles de ideas nuevas.

(…Pasan los años,
y como cambia, lo que yo siento,l
o que ayer era amor,
se va volviendo otro sentimiento…)

Castro

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