lunes, 24 de agosto de 2009

Espinas

Hoy le di la vuelta al cajón que llenaba toda mi vida. Repasé antiguas fotos que en mi memoria tuvieron sentido pero que hoy no me dicen nada del extraño que sonríe a su lado –al lado de ella—, y que me hace sentir extrañamente mal. Los recuerdos se amontonan a la salida de mi cabeza y se retuercen por mi garganta. Intenté encender la luz pero estaba fundida la lámpara que custodia mi sueño. Y al final me dormí.
Prendí un cigarro porque, después de todo, estaba despierto, y seguí disculpando esas cosas que hace tanto tiempo dejé en el fondo del vaso, irremediablemente roto en una esquina de mi cajón. Y comprendí que desprenderme así de todas aquellas espinas era una locura, porque son toda mi vida...

Castro

martes, 18 de agosto de 2009

Delirios de Grandeza


Frenazo, coche que acelera, gritos, y mañana nuevas marcas de neumáticos en el asfalto. Lluvia, mucha lluvia, otra noche con el sueño interrumpido, después de toda una vida desperdiciada, sin amigos verdaderos, sin relaciones verdaderas sin nada que perdurase mas allá de tres meses. Pero ese frenazo iba a ser el ultimo, a partir de ese momento y sin que Dylan tuviera conocimiento todo seria distinto para el.
Se despertó al día siguiente con el mismo dolor de cabeza de siempre, un botellín de cerveza a medio caer apoyado en la pared con restos de colillas flotando en el ultimo culo de cerveza, el que siempre se deja, el que te da indicios con su sabor de la resaca que tendrás al día siguiente. Ese día noto como el malestar era distinto menos intenso, quizás no menos intenso, sino pura costumbre, después de dos semanas durmiéndose todas las noches de la misma manera, con ayuda del alcohol, y despertándose destrozado, arrepentido de necesitar beber para dormir, para dormir y olvidar, pero sabiendo que cuando llegue la noche volverá a hacerlo y que todo arrepentimiento sera rechazado, omitido y ahogado en otra botella. Las resacas de cerveza siempre fueron malas, odiosas, el dolor de cabeza solía ser punzante y en la boca tenia el sabor agrio a cerveza barata y una pastosidad que obligaba a beber litros de agua antes de encontrarte medianamente mal. Pero ese martes no hubo tanto dolor de cabeza, el sabor agrio estaba pero, sin dolor de cabeza, era soportable, Dylan se levanto con el presentimiento de que ese día iba a ser importante.

Quintero.

"Ójala y muramos, sí, ójala, y sí, muramos"

viernes, 7 de agosto de 2009

Con la cabeza manchada

Como en una mala sinfonía, la melodía va “in crescendo”, incorporándose cada vez más instrumentos en coordinación imperfecta los unos con los otros, estorbándose e incomodándose, pero a la vez, contrariando e irritando a los asistentes. Así se amontonan las ideas en mi cabeza.

(…En cada conversación,
cada beso, cada abrazo,
se impone siempre un pedazo de temor…)

Alguien entre el público grita, y entonces sabes que no va a volver a la próxima función.

(…Vamos viviendo,
viendo las horas, que van muriendo,
las viejas discusiones, se van perdiendo…)

Entonces es cuando se produce ese milagro –macabro- pero milagro al fin y al cabo, por el cual se desprende del pensamiento común la voz de una persona que es capaz de redirigir la furia que todos sienten hacia la música y grita: A por el músico.

(…A todo dices que sí,
a nada digo que no,
para poder construir,
la tremenda armonía,
que pone viejos, los corazones…)

Y por fin el éxtasis, un buen final para cualquier sinfonía. Un amasijo de brazos y piernas, cabezas, dientes y lenguas, mezclándose sobre el escenario, como sirviendo de velo al espectáculo mayor que se ofrecía debajo de todo aquello: Los ojos tremendamente hinchados y rojos del público, expuestos a la animalización, clavados a menos de diez centímetros del alma de los músicos, arañándolos, destrozándolos a puñetazos. Se oyen disparos, las tripas de los artistas encadenan los tobillos de sus asesinos. Parece no importarles.

(…El tiempo pasa,
nos vamos poniendo viejos,
el amor no lo reflejo, como ayer…)

Al final sólo quedan cadáveres, ideas rotas por la influencia de otros, influenciados a su vez por otros, y así sucesivamente. Arrastrándose por el suelo brillante de sangre (propia y ajena), media persona trata de de llegar a su viejo saxofón. Lentamente. La muerte no tiene prisa. En el trayecto va hablando, con la burla continua del eco de la sala: “¿Qué culpa tiene el músico?”. Y a su espalda una voz: “Esta contrariedad, esta irritación, no es culpa de la música. Es culpa tuya, joder”.

(…Porque años atrás,
tomar tu mano,
robarte un beso,
sin forzar un momento,
formaban parte de una verdad…)

Un tipo por fuera del auditorio oye los gritos, y es testigo del posterior silencio. Enciende otro cigarro y sigue tocando. Alguien pasa y le echa una moneda. Tiene sangre en la memoria y miles de ideas nuevas.

(…Pasan los años,
y como cambia, lo que yo siento,l
o que ayer era amor,
se va volviendo otro sentimiento…)

Castro